El alcalde
de Hamelin era un hombre muy avaro. Para no gastar sus queridas monedas de oro,
siempre respondía que no a las peticiones de los ciudadanos de Hamelin.
- - Queremos
un puente para cruzar el río -le pedían al alcalde los habitantes de Hamelin.
- - ¡Ni
hablar! –respondía el alcalde-. ¿Sabéis lo que cuesta un puente? ¡Un montón de
monedas de oro! Cruzad el río nadando, como habéis hecho siempre.
- - Queremos
una fuente en la plaza de la ciudad –le pedían al alcalde los ciudadanos de
Hamenlin-. En verano hace mucho calor y
nos apetece beber un trago de agua.
- - ¡Si,
claro! ¡Y venga a gastar agua, con lo cara que es! –respondía el alcalde-.
¡Nada! El que tenga sed...¡que se aguante!
Además de
avaro, el alcalde era un caradura.
- - Queremos
farolas en las calles para ver por las noches! –le dijeron al alcalde los
habitantes de Hamelin-. Estamos hartos de darnos coscorrones contra las
esquinas y de tropezar con los bordillos de las aceras.
- - Está
bien, -dijo el alcalde-. Pondré farolas en las calles.
Y las puso. Pero los habitantes de Hamelin siguieron protestando:
- - ¡Queremos
que las farolas se enciendan por la noche!
- -¿Encender
las farolas? ¡Ni soñarlo! ¿Sabéis lo que cuesta eso? ¡Un montón de monedas de
oro! Salid a la calle de día y así no tropezaréis.
Como os
podéis imaginar, los habitantes de Hamelin estaban del alcalde hasta el rabito de la
boina.
Un buen día,
los niños y las niñas de Hamelín, le pidieron al alcalde que pusiera columpios,
balancines y toboganes en el parque de la cuidad.
- -¡Ni
pensarlo! –dijo el alcalde-. ¡Es un gasto tonto! El que quiera divertirse, que
se compre una cuerda y salte en el patio de su casa.
Aquello
colmó la paciencia de los habitantes de Hamelin, que acudieron al ayuntamiento
armados de cazos, sartenes y rodillos de amasar, dispuestos a atizarle si no
ponía columpios, balancines y toboganes en el parque de la ciudad.
Y el alcalde
tuvo que acceder a las peticiones de los niños y las niñas de Hamelin.
Al ver la
factura de los columpios, los toboganes y los balancines, el alcalde se tiraba
de los pelos.
- - ¡Esto
es la ruina! Dos monedas de oro cada columpio; cuatro monedas cada balancín; ¡
y seis monedas cada tobogán! ¿Cómo voy a pagar todo esto?
Y como
además de avaro y caradura, el alcalde era bastante marrano, pronto tuvo una
idea realmente asquerosa:
- - ¡Ya
lo tengo! En lugar de que los barrenderos se lleven la basura de la ciudad, la
meteremos toda en el sótano del ayuntamiento, que está vacío. Con eso
ahorraremos un montón de monedas de oro-
Al cabo de un tiempo, todos los que pasaban junto al
ayuntamiento comentaban lo mismo:
-
¡Hay
que ver lo mal que huele aquí!
El alcalde
andaba todo el día mareado a causa de la peste. Y lo que se ahorraba en los barrenderos,
se lo gastaba en colonia para disimular el mal olor.
Por fin,
cuando pasó un mes, el alcalde bajó al sótano del ayuntamiento para comprobar
cuanta basura podía almacenar todavía. Y se encontró con una terrible sorpresa:
¡Docenas de cientos de miles de ratas llenaban el sótano saltando entre la
basura! ¡ratas grandes y ratas pequeñas, ratas grises ratas negras!
El alcalde,
asustadísimo, echó a correr sin cerrar la puerta y …..las ratas salieron sótano
del ayuntamiento e invadieron la ciudad de Hamelin.
Ahora ya
sabéis quien tuvo la culpa de todo aquel lío del alcalde de Hamelin. ¡ Si,
señor! ¡El alcalde, por avaro, marrano y caradura!
